Sentarse a escribir debe ser uno de los oficios más difíciles de
hacer, ya que estar frente a la hoja en blanco genera una sensación de angustia y ansiedad. Raras
veces son las ocasiones en las que te invade esa euforia creativa que te
permite escribir fluidamente y de manera brillante. Rudyard Kipling decía que
estas epifanías provenían de un demonio, o un “daimon”, como él lo
llamaba. Un espíritu que le dictaba al
oído lo que tenía que escribir. Y es verdad, yo coincido con Kipling, solo que
yo no lo llamo demonio, sino ser superior. Ese que te mira de arriba, sí, a ti,
ser mortal e imperfecto, y es capaz de regalarte un atisbo de grandeza e
infundirte con una capacidad creativa extraordinaria. Tú sabes que esa fuerza
sobrenatural no viene de ti y tienes que aprovecharla porque es pasajera.
Cuando mi hija era chica, tendría 4 a o 5 años, me decía que para
ella las palabras tenían formas, pero se refería a las palabras abstractas,
como el amor, o nuestros propios nombres. Se trataba básicamente de figuras geométricas.
Por ejemplo, mi nombre, Giselle, era para ella una línea curva con flores alrededor. Ella me lo describía y me preguntaba si yo
también veía lo mismo. ¿Y eso? ¿De dónde venía? De la mente más pura, de la
inocencia, de la conexión con ese mismo ser superior que a veces a mí me tocaba
la puerta.
El arte viene de ahí, de esa parte de nuestro ser inentendible, en
donde no hay un por qué consciente. Oliver Sacks lo cuenta en su libro “El
hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, en donde relata casos de
pacientes con condiciones neurológicas rarísimas. En muchos de esos casos, en
donde los pacientes estaban sumidos en estados de pérdida de memoria o de
incapacidades físicas, la reconexión con el mundo se daba través del arte y de
la experiencia espiritual.
La realidad es que un escritor debe ejercer su oficio con o sin ese demonio creativo y eso se da con la
práctica y con la claridad de lo que queremos expresar. Escuhé la vez pasada
que los escritores somos cazadores de palabras. Las coleccionamos, gozamos
cuando descubrimos una nueva y con la cadencia armoniosa que generan al
contacto con otra. Pero creo que esto ocurre cuando nos iniciamos en la
literatura, cuando somos muy jóvenes y todavía tenemos esa necesidad de
conmover y sacudir brutalmente. Lo que uno aprende con los años, es que también
podemos conmover y sacudir, pero no solo con las palabras sino sobre todo con
una historia bien contada. Sin mayores artificios. Más allá de la belleza del
lenguaje, está la belleza de las ideas. Jack, de la
película “Nace una estrella”, le dice a Ally que cualquiera tiene talento pero
no cualquiera tiene algo que decir.
Mi hija, que ya tiene quince años, sigue visualizando y perdiéndose
en un mundo fantástico e inacabable. Todavía se acuerda de aquella capacidad
que tenía para dibujar mentalmente conceptos abstractos, pero ahora prefiere expresarse de forma más concreta, en lápiz y papel. Ella tiene algo que decir, solo que escribe con imágenes, yo con
palabras.


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