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| Fotografía: Giselle Klatic |
En el año 2008 tuve la suerte de participar en una antología titulada: MATADORAS, nuevas narradoras peruanas, editada por Estruendomudo.
Hoy, después de una lectura, recordé aquel cuento que escribí, sin duda motivada por mi daimon interior, como diría Kipling. Le tengo mucho cariño a este cuento, es muy personal. Aquí se los dejo y espero que les guste:
Diez meses después de la muerte de Giulia abandoné a Ian. Estaba seca. No podía ser una
esposa nunca más. Su cuerpo a mi lado avivaba aún más la pérdida. No tenía
valor para matarme, pero sí para no hacer
nada por mí, abandonarme hasta que mi cuerpo se consumiera. Decidí irme lejos,
donde no me reconocieran, donde nadie quisiera ayudarme.
Estaba harta de las palabras de consuelo. Nadie sabía nada, nadie entendía
nada.
La
noche anterior me despedí de Ian sin que él lo supiera. Le hice el amor con
tristeza, con una desesperación que me partió en dos. Lo amaba y lo odiaba. Me
costó mucho escuchar sus gemidos, recibir su explosión de placer. Cómo podía
sentir un orgasmo si su hija estaba muerta. Yo solo era un cuerpo funcionando,
él seguía siendo un hombre. Era la primera vez que hacíamos el amor desde lo de
Giulia. Pobre Ian, pensó que yo también estaba intentando ser la de antes.
Le
dejé una nota diciéndole que necesitaba estar sola, que respetara mi decisión.
Inventé un viaje a Arequipa. La tía Carmen estaba en Estados Unidos visitando a
sus nietos y había dejado su casa sola. No le dije que, en realidad, había
decidido ir a nuestra antigua casa de playa, la que hacía años habíamos
abandonado porque estábamos construyendo otra en un mejor balneario. Él decía
que esa casa no valía nada y que nos iba a salir carísimo arreglarla, aunque
tampoco parecía interesado en venderla aún. Era una casa inhabitable, a él
jamás se le hubiera ocurrido buscarme ahí.
1
Julio
es el mes más frío en Lima, y yo estaba en la playa. La casa era la última del
malecón, frente al mar, al lado de una peña que se oscurecía desapareciendo en
la noche. Estaba dividida en dos. Nosotros éramos dueños solo de la primera
planta, el segundo piso era totalmente independiente.
Abrí
la puerta empujándola con el hombro. El moho se había solidificado formando una
pátina pegajosa alrededor del marco. Los muebles estaban cubiertos con
plásticos y el piso, carcomido por la humedad. No quise ver más, entré lo más
rápido que pude, rogando para que no hubiera nadie en la planta de arriba. Fui
directo al dormitorio principal, todavía estaba nuestra cama. La sacudí un
poco, la vestí con sábanas y frazadas limpias que traje de Lima y tomé varias pastillas
para dormir. Me arropé en posición fetal. Cerré los ojos.
Lo
que recuerdo de esa semana es un agujero negro. Inmenso, interminable. Yo caía.
Todo el tiempo esperaba el golpe seco, pero sólo sentía el vértigo, la
atracción hacia un remolino de sombras. El dolor había asomado definitivamente,
puro y total, ya no se ocultaba detrás de la angustia.
Ni siquiera dormida dejaba de sufrir. Aún así no me permitía un solo
rato de lucidez. Apenas me encontraba con un hilo de conciencia, volvía a tomar
las pastillas. Creo recordar algunas incursiones tropezadas en el baño, para
luego volver a caer. Cuánto podría resistir mi cuerpo infestado de somníferos y
sin alimento. Pero seguía despertando. Por una razón, que no alcanzaba a
comprender del todo, no me tomaba el frasco entero de golpe. Y cuando despertaba,
sentía la traición de un insospechado instinto de supervivencia.
Así
pasé tres días, cinco, una semana. Ya no podía pararme de la cama. ¿Qué es peor
que la muerte? Quedarse vivo para soportarla. Y el cuerpo es tan fuerte, tan
terco, que sigue su curso. El corazón no deja de latir. En cambio, la mente es
más débil. El límite entre el dolor y la sinrazón es una fina capa que se
resquebraja antes de que el cuerpo deje de funcionar. La mente balbucea
incoherencias, escucha voces, inventa imágenes de consuelo para luego
torturarse con la realidad. Una y otra vez, cuando despertaba, volvía a caer en
la cuenta de que nada había sido un sueño. Y prefería volver a cerrar los ojos.
Vi mucha gente a mi alrededor y al fin la cara de mi hijita, sonriéndome. Extendió
su manito hacia mí y estuve a punto de alcanzarla, pero una fuerza me succionó
y me trajo de vuelta. Lucía, Lucía, despierta. Abrí los ojos con dificultad.
¿Era posible que alguien me estuviera llamando? La luz de la ventana solo me
permitía ver una silueta al frente de mi
cama. Parecía ser una niña. Lucía, ¡despierta! Terminé de abrir los ojos y
traté de enfocarla. Tenía el pelo largo, castaño claro, la mirada lánguida. Me
alcanzó un poco de agua. Apenas podía sentarme. ¿Quién eres? Ania. ¿Ania? Recordé
que siempre le quise poner así a mi hija pero a Ian no le gustaba el nombre. La
niña había cogido las pastillas y las
observaba con curiosidad. No tuve fuerzas para levantarme y quitárselas. De
pronto, las arrojó por la ventana. ¡Qué
buena puntería! ¡Cayeron en el mar!—dijo.
Luego se acercó y me jaló de la mano. Ven, párate. Me
levanté haciendo un gran esfuerzo, sentía el cuerpo entumecido, me dolía el
cuello, la espalda. ¿Cómo sabes mi nombre? Me miró desconcertada. Me has
llamado Lucía, insistí, cómo puedes saber que ese es mi nombre. Porque tú me lo
acabas de decir, dijo evasiva y lanzó una mirada alrededor de la habitación
como si buscara algo. Preguntó dónde había un espejo. Le señalé mi bolso. Ella
buscó ahí, lo encontró y lo puso frente a mi cara.
Había envejecido veinte años. La hinchazón de mis párpados mantenía mis ojos a
medio abrir. Los pómulos salidos pronunciaban más las hendiduras de mis
mejillas y un par de surcos oscuros pintaban mis ojeras. Eso era la muerte.
Estar viva es la muerte, me dije. Un mareo
me hizo tropezar, tuve que volver a echarme. No sé quién eres, pero ¿puedes
quedarte un rato a mi lado? Sin decir palabra, la niña levantó la sábana y se
metió en la cama conmigo. Nos quedamos abrazadas.
2
Cuando
volví a abrir los ojos, Ania ya no estaba. Pensé que había sido un efecto de
los somníferos. Alargué la mano para tomar el frasco de pastillas de la mesa de
noche pero no lo encontré. Quizá habían rodado debajo de la cama. Me levanté y
un nuevo mareo me nubló la vista. Tuve que sentarme para buscar algo de comer
en mi cartera. Había un chocolate que devoré de un bocado. Me di cuenta de que
no había comido en mucho tiempo y me sentía tan débil que apenas podía caminar.
Pero hice un esfuerzo y salí a dar un paseo por la playa. No pude avanzar
mucho, caí rendida en la arena. Una ola reventó contra la peña, la espuma me
salpicó en la cara. Me puse de pie y seguí caminando. Cada cierto tiempo me
sentaba a descansar. Tenía que encontrar a alguien que me diera un poco de
comida. No sé cuánto tiempo me demoré, pero llegué a una bodeguita al frente
del malecón, “La Bodega de Víctor”, y estaba
abierta. Comí ahí, sentada en la puerta de la tienda, y cuando me sentí más
recuperada regresé a la casa. No tenía idea qué es lo que iba a hacer. Entré
nuevamente al cuarto, revisé los cajones de la cómoda y me agaché a buscar
debajo de la cama. No había nada. Entonces sentí unos pasos en el techo, y
luego, los mismos pasos bajando por la escalera de caracol. La niña apareció en
el cuarto.
—
Así que eras
real. ¿Vives arriba? Pensé que no había nadie viviendo ahí.
—
¿Por qué tu
casa está tan descuidada?
Miré alrededor.
—
No venimos hace
años. Pensábamos venderla.
—
¿Y cómo puedes
dormir aquí? Huele horrible —dijo, arrugando la nariz.
Salí a dar un vistazo. Ania tenía razón. La madera de
la puerta principal estaba podrida y tenía un hueco al lado de la chapa, con
razón no recordaba haber usado una llave para entrar. Y el jardín de la entrada
era un enredo de matas secas y telas de araña.
—
Si quieres
puedo bajar todos los días para ayudarte.
—
¿Ayudarme a
qué?
—
A arreglar la
casa. ¿No quieres arreglarla?
—
Pero, ¿tus
papás te dejarán venir?
—
Mis papás no
dicen nada. Están separados. Se supone que debía quedarme con mi mamá, pero
ella no quiere saber nada de mí.
—
¿Cómo no va a
querer saber nada de ti? —me enterneció su mirada y
alargué la mano para hacerle una caricia en el pelo.
Pasamos toda la tarde sacando las fundas de plástico
de los pocos muebles que habíamos dejado ahí. También baldeamos los pisos. Ania
se divertía como loca, me hizo pensar que jamás había hecho algo así. Abrimos
las ventanas para que entrara aire. Le pregunté si no estaba cansada, si no
quería comer algo, pero me dijo que no. Parece que mi pregunta la incomodó
porque de pronto se puso seria y decidió irse a su casa, aunque prometió seguir
ayudándome al día siguiente.
— ¿Quieres que te diga un secreto? —dijo mientras se
despedía—. Mi mamá no lo sabe, pero una vez estuvo a punto de matarme.
Me quedé asombrada. ¿Qué es lo que me había querido
decir? Cómo alguien podía maltratar a una
niña tan dulce como ella. Me costaba entenderlo, aunque a veces en las noticias
aparecían casos increíbles. Mujeres que toman veneno para ratas y, en su
desesperación, envenenan también a sus hijos. Ese tipo de noticias se habían
hecho tan comunes. Yo podía entender la desesperación, pero ¿matar a una hija?
Era algo inconcebible.
Eché una nueva mirada a la casa. Se veía más limpia,
pero aún parecía muerta. Yo había querido morirme junto con ella, abandonarme
en su abandono. Ahora algo había cambiado. Por primera vez desde la muerte de
Giulia tenía un deseo distinto que no estaba relacionado con ella. La casa agonizaba y me pedía que la rescate, que me rescate a mí misma.
Cogí un lápiz y papel y anoté las cosas que debían
mejorarse. Las losetas del piso estaban rotas y tenían las junturas negras, las
paredes estaban manchadas y descascaradas. El polvo era una masilla pegajosa
que formaba parte de los pocos objetos que había en el lugar. Abrí el grifo de
la cocina y una tubería ahogada escupió, ente espasmos, un líquido terroso y
maloliente. Entré nuevamente al cuarto y destapé el colchón con horror. Las
polillas lo habían convertido en un hábitat para sus larvas. La almohada
amarillenta desprendía un olor hediondo que me golpeó la cara. Cuánta razón
tenía Ania. Ahora me resultaba inverosímil haber pasado varias noches tendida
sobre esa cama. Un aire enmohecido circulaba
por todo el lugar y mis fosas nasales terminaron de obstruirse por completo.
Una intensa picazón me puso la nariz colorada y mis ojos comenzaron a
lagrimear.
Durante la noche, mientras intentaba dormir por
primera vez sin pastillas, escuché el sonido de unos pasos en el piso de
arriba. Eran pasos firmes, no parecían los de Ania. Eran tan fuertes que
incluso se imponían sobre el golpe de las olas. Me quedé escuchando esos pasos
hasta que me dormí.
Ania bajó muy temprano al día siguiente y nos fuimos
directamente a la tienda de Víctor. Le pregunté si quería algo de comer. Ella
solo señalaba con la mano. No podía entender las señas y volvía a
preguntarle. ¿Quieres las galletas o los chocolates? ¿El blanco o el dark? Ania
insistía en señalar lo que quería sin decir palabra.
—¿Se
encuentra bien señora? —dijo al fin Víctor, mientras me entregaba la bolsa llena de víveres y artículos de
limpieza.
—
Estoy bien —le mentí—. Cómo podía estar bien, jamás volvería a
estarlo.
—
Déme esos chocolates, los de la
izquierda —le señalé, siguiendo la ruta del dedo de Ania.
Le
entregué el dulce y ella lo guardó de inmediato en su bolsillo. No dijo
“gracias”. Parecía asustada, así que apuré lo que teníamos que hacer para irnos
de una vez.
—
¿Conoce a alguien por acá que quiera
ayudarme con algunos arreglos de gasfitería y carpintería?
—
Mi hijo Jacinto señora, sólo dígame a
dónde tiene que ir.
—
A mi casa, es la que queda al final del malecón, al lado de la peña, le dejo la
dirección de todas maneras. También necesito una hornilla eléctrica, algunos
platos, cubiertos y un cooler para
mantener refrigerado los alimentos. ¿Sabe dónde puedo conseguir todo eso?
—No
se preocupe que mi hijo es bien servicial señora, ya él ve cómo la ayuda.
—Gracias,
lo espero entonces. Yo soy Lucía y ella es Ania —dije, señalando a la niña.
Esa tarde, Ania y yo continuamos con
la limpieza de la casa. Yo me sentía mucho más recuperada físicamente. Barrer,
sacudir, trapear, rociar insecticidas, ventilar, lavar las paredes, desinfectar
los baños. De pronto, sentía una fuerza nueva que me impedía detenerme.
Limpiaba con furia, quería echar fuera de la casa todo aquello que no me había
dejado respirar bien durante tanto tiempo. Y mientras iba y venía, de acá para
allá, observaba de reojo a la niña. ¿A quién se parecía? ¿Por qué se me hacía
tan familiar?
Llegó el hijo de Víctor. Jacinto
resultó ser un multiusos. Efectivamente era muy servicial y sabía hacer de
todo, así que nos ayudó arreglando la puerta de la casa, cambiando las tuberías
y los pisos. Tuve que ir a una tienda en la
Panamericana Sur para comprar todo lo que necesitaba. Le dije a Ania que si
quería ir conmigo debía subir a su casa y pedirle permiso a su padre para que
me acompañara, pero dijo que tenía algo que hacer y prefería quedarse.
Me
costó manejar de regreso a Lima. Sabía que el destino no era mi casa, pero cada
kilómetro que me acercaba a ella y a Ian me conectaba nuevamente con la muerte
de mi hija. Ahora tenía un nuevo impulso, aunque podía parecer momentáneo y
superfluo. Para mí era un motivo poderoso y me entristecía comprobar que mi
amor por Ian había quedado relegado. Lo único que quería era dejar esa casa
como nueva.
3
Luego
de un mes en la playa me había acostumbrado al sonido del mar, a la arena
invasiva, al frío que se colaba por las rendijas. El balneario estaba casi
desierto. Durante mañanas enteras no escuchaba un solo ruido, ni una
conversación. Lo único que siempre oía eran los pasos en el piso de arriba.
Todas las noches alguien caminaba de extremo a extremo de la habitación. Me
acostumbré a esos pasos y hasta llegué a sentir compasión por aquella persona
que no podía conciliar el sueño, probablemente el padre de Ania. Podía sentir
cómo paseaba su angustia de un lado a otro. Durante el día, en cambio, los
pasos casi no se oían. Muy de vez en cuando, y siempre por breves segundos,
sentía como si alguien entrara de prisa, recogiera lo que buscaba, y dejaba el
piso de inmediato.
Mientras
tanto, durante esas cuatro semanas, Ania y yo habíamos terminado nuestro
trabajo. La casa estaba lista y me animé a comprar nuevos muebles. Incluso
habíamos sembrado claveles, camelias y fresias en el nuevo jardín de la
entrada. Ania y yo nos dedicamos a pintar las paredes y a decorar. Ella eligió
el blanco, recalcó que así entraría más luz, pero hizo una excepción con uno de
los cuartos. Este tiene que ser rosado, me dijo. Y pude ver en sus ojos un
brillo de ilusión. Qué estaría pasando por su mente. La abracé y le dije que
sí, que lo pintaríamos de rosado, y que cuando sus padres le dieran permiso
podría quedarse a dormir ahí. Ella me devolvió el abrazo pero luego se puso
seria, como confundida. Ania era un misterio. Al principio me inquietaba, pero
luego terminé por acostumbrarme y respetar sus silencios. Opté por no hacerle
preguntas, sabía que en algún momento ella me contaría todo acerca de su
familia. Desde que la conocí, ni un solo día dejó de visitarme para hacerme
compañía. Además de ocuparnos de la casa, nos la pasábamos horas sentadas
frente al mar, haciendo dibujos en la arena mojada, corriendo por la orilla. Me
había encariñado con esa niña, estaba tan dentro de mí que el hecho de verla a
mi lado era un verdadero milagro.
Lo
que más me llamaba la atención, sin embargo, es que nunca podía entrar a su
casa. Cada vez que lo intentaba, la puerta estaba cerrada y las cortinas bajas.
Tocaba sin recibir respuesta, y a los pocos minutos ya estaba Ania en mi casa.
Yo quería que su padre estuviera tranquilo, que supiera con quién estaba su
hija, pero eso parecía no importarle. Por su parte, nunca hizo nada por
saludarme ni lo veía jamás en la playa. Un día le dije a Ania que su padre
debía ser un ser muy especial por haberle puesto un nombre tan maravilloso ¿Tú
sabes qué significa mi nombre?, preguntó, y se le iluminó la carita. Más o
menos, le dije, pero no me acuerdo mucho. Lo leí en la época que buscaba el
nombre para Giulia. ¿Cuando te acuerdes me lo cuentas?, me pidió. Claro, puedo
buscarlo más tarde, por Internet. No, todavía no, contestó Ania sin perder la
ilusión. Ahora mejor vamos a la playa, otro día me cuentas de mi nombre.
Empezamos a caminar hacia la orilla.
—Cuando
era chica como tú, mi juego favorito era hacer huecos hondos, muy hondos en la
arena, meter mi brazo ahí y sentir lo rico que es la arena fría, y el agua
entre mis dedos.¿No te gusta?
—
Sí, hacer huecos en la arena está bien, pero ¿sabes cuál es mi juego favorito?
Tomar fotos.
—
¡Tomar fotos! ¿En serio? ¿Y tienes aquí una cámara para practicar?
—
No, no tengo.
—
Pues da la casualidad que yo soy fotógrafa. Tengo varias cámaras en Lima, te
puedo regalar una que ya no uso para que hagas tus primeras fotos, ¿qué te
parece?
—
¡Lindo! Sería lindo hacer fotos del mar, de la arena, de todo ¿Por qué nunca antes habías venido?
—Porque
no sabía lo bonita que era esta playa.
—A
mi me encanta, ¡es lo mejor del mundo! Hace un rato me equivoqué. En realidad,
mi juego favorito es estar aquí, con mi mami, y mi segundo juego favorito es
tomar fotos.
—Pensé
que tu mamá estaba en Lima. ¿No vivías solo con tu padre?
Ania no contestó. Se paró de un
salto y salió corriendo con los brazos extendidos, como un pájaro. ¿Nunca has
jugado a ser una gaviota?, me gritó sin parar de agitar los brazos.
—¡No!
—le respondí haciendo una bocina con las manos alrededor de la boca—. ¡Se me ha
ocurrido algo! ¡Acompáñame a comprar los muebles que faltan! ¡Vamos a pedirle
permiso a tu papá!
Ania
dudó un instante y luego dijo que estaba bien, pero que ella hablaría con su
padre. Subió al segundo piso y a los pocos minutos bajó diciendo que no había
problema. Le pregunté si su papá no querría conocerme, para que estuviera más
tranquilo. Me dijo que le había dicho que no era necesario, que confiaba en
ella. Además, estaba muy ocupado. Supuse, o quise suponer, que si todos los
días la dejaba estar conmigo en la casa o en la orilla de la playa era porque
confiaba en mí. Dudé un momento, pero en realidad me hacía tanta ilusión que
fuéramos juntas de compras que la llevé conmigo.
Volví
a manejar hacia Lima. Le pedí a Ania que me ayude a elegir los muebles. También
opinó acerca de los adornos. Yo compraría este cuadrito de conchitas para la
entrada y el barco para decorar la sala, dijo con entusiasmo. Además, escogió
un edredón celeste para mi cuarto. Se suponía que así sentiría que estaba
durmiendo en el mar. Y un aromatizador de manzana y canela. No podía decirle
que no, gracias a ella la casa había revivido y yo también. Y aunque me había
gastado buena parte de mis ahorros, sentía que era el dinero mejor invertido de
mi vida. Pero faltaba un gasto más. Ahora, hay que comprar una cama y una
mesita de noche lindísima para el cuarto rosado, le dije, para que puedas
quedarte cuando quieras. Será como tu segunda casa.
—
No —respondió con seguridad—, para el cuarto rosado mejor no hay que comprar
nada todavía. Todavía no.
Me
contuve. No le pregunté por qué no quería decorar el cuarto que, me pareció,
ella había escogido como suyo. Su gesto había sido tan decididamente triste que
me intimidó. En el camino, Ania estuvo más relajada y volvió a sonreír. Dijo
que la casa iba a quedar linda con todo lo que habíamos comprado. Cuando
llegamos vi a Jacinto trabajando aún. Le pedí que nos ayude a bajar las cosas.
¿No te parece que la casa tiene otra cara?, le pregunté con buen humor. Sí,
señora, y usted también, parece más contenta. Pues estaré mucho más contenta
cuando Ania y yo terminemos lo que tenemos que hacer, le contesté. Él quiso decirme
algo pero lo interrumpí. ¿No tenías que ir a traerme una bomba nueva para el
baño? Sí señora, la tengo en mi casa, puedo ir por ella ahorita. Pues anda a
traerla ya mismo y déjanos hacer la decoración a las chicas, le dije. Cuando
regreses no vas a reconocer esta casa, ¿verdad, Ania?
Cuando
terminamos de colocar el último adorno, tomamos distancia para ver nuestra obra
de lejos y salimos de la casa. Me provocó tener una cámara, quería volver a
tomar fotos. Hice un ademán con las manos, encuadré la casa entre mis dedos.
—A
mí, a mí, tómame una foto a mí —Ania saltó a mi alrededor con una súbita
felicidad.
Comenzó
a posar y yo enfocaba con un lente imaginario, hacía zooms, disparaba en mi
mente. No dejaba de admirarme su rostro. Seguía pareciéndome familiar pero no
lograba saber en dónde la había visto antes, hasta que me acerqué mucho a ella
con las manos alrededor de mis ojos, y lo vi. Vi a Ian. La misma mirada
lánguida, el mismo color de ojos, el exótico arco de sus párpados —que a él le
gustaba decir que era egipcio— descendiendo hacia su nariz. Espera, le dije, y
la tomé por los hombros. ¿Quién eres? ¿Dime quién eres? Ella me miró y dejó de
sonreír. Todavía no es hora de que lo sepas, me dijo con una voz inusitadamente
adulta. Ya me cansé de los “todavía”, Ania, ahora mismo es el momento. Dímelo.
¿Acaso eres su hija? ¿Es eso? ¿Eres hija de Ian? Ella se quedó callada y dibujó
una sonrisa en su rostro. No pude más que salir corriendo. Corrí hasta llegar a
la peña. No sé por qué escalé hasta ahí, no sé qué pretendía —la marea había
subido y el mar llegaba con furia—, pero en vez de estar confundida, me sentía
más lúcida que nunca. Al fin todo encajaba. Ania era unos tres años mayor que
Giulia, quizá cuatro. Eso quería decir que
Ian me había engañado, había tenido una hija cuando recién nos casamos, o
antes, y nunca me lo dijo. Y seguro le había dejado, a ella y a su madre, la
segunda planta de la casa porque sabía que nosotros nunca volveríamos. Con
razón insistió tanto en construir otra casa y que nos olvidáramos de esta. De
pronto, llegó una ola y reventó tan fuerte sobre la peña que me hizo resbalar.
Caí sentada. Me doblé en dos y comencé a llorar de dolor, de miedo. Creí que me
había cortado las piernas porque corría un hilo de sangre por mis tobillos.
Cuando volteé para pedirle ayuda a Ania, vi que me miraba desde la orilla,
luego desapareció.
4
Desde
hacía varios minutos había salido del estado de inconsciencia, pero no abría
los ojos. Sabía que Ian estaba ahí, sentía su respiración, y no quería
enfrentarlo. Aún no. De pronto, sentí que la puerta se abrió. Alguien le dijo a
Ian que tenía que hablar con él, probablemente el doctor, pude percibir un tono
autoritario en su voz. Salieron del cuarto pero no cerraron la puerta. Esto fue
lo que el doctor le dijo a Ian:
—
Ella se pondrá bien, pero
lamentablemente no pudimos hacer nada por el bebé.
—
¿El bebé? ¿Qué bebé?
—
Supuse que no lo sabía. Me apena
decirle que su esposa estaba embarazada señor. Quizá ni ella misma lo sabía.
Recién tenía cuatro semanas, a esas alturas casi no se tienen síntomas. Sería
mejor que no le diga que estaba esperando. Lo que necesitamos ahora es que
repose y esté tranquila, sobre todo eso, tranquila. Su esposa no está muy bien
emocionalmente. Las personas que la trajeron nos contaron que todo el tiempo
hablaba sola y creía estar con una niña, Ania, parece que ese era el nombre,
pero nadie ha visto en la playa a ninguna niña con las características que ella
describe.
—
No sé de qué me está hablando doctor.
Esto no puede ser. ¿Cómo es que estaba embarazada? ¿Y qué es eso de una niña
que no existe? Hace poco perdimos a una hija, Giulia, quizá se refería a ella.
—
¿Murió una hija suya? Cuánto lo siento,
señor. Pero ahora entiendo mejor lo que pasa con su esposa, eso explica todo.
Es obvio que ella no se ha recuperado. El muchacho que la trajo me contó que
Lucía estaba convencida de que en la planta de arriba de su casa vivía la niña,
pero él me jura y perjura que el segundo piso está clausurado.
—
La casa de playa —recordó Ian—. No sé
por qué Lucía se fue a meter ahí. Estaba cerrada desde hace años, ya no la
usábamos. Y que yo sepa, nadie vivió arriba nunca.
—
Entre, hable con ella, y trate de ser
lo más amoroso posible.
Cuando
Ian entró al cuarto fingí que recién despertaba. Lo miré a los ojos y comprendí
que él había estado sufriendo tanto o más que yo. Por primera vez lo vi
derrumbado. Aunque el médico le pidió estar tranquilo, no pudo soportarlo. Se
arrodilló gimiendo como un niño, con un llanto ahogado, y puso su cabeza sobre
mi regazo. Me conmoví por él. Yo había amado a ese hombre, amaba la familia que
formábamos Giulia, él y yo. Ahora no podía seguir con él.
—
Ian, quiero que me comprendas. Voy a volver a la casa de playa. No tengo nada
que hacer aquí.
El
intentó protestar, convencerme de que era una locura. Pero no se lo permití.
Estaba absolutamente decidida. Le rocé el cabello, jugué con él por unos
minutos, y luego lo cogí del brazo con fuerza.
—
¿Me podrías hacer un último favor? Deja mis cámaras de fotos, la nueva y la
antigua, encima de la mesa de la sala. Voy a recogerlas cuando no estés. Es
mejor así.
Me
miró con tristeza. Lucía, no estás bien, no puedo dejar que te vayas, dijo.
Iba a seguir pero lo detuve con la mano
y lo miré fijamente. Déjame ir, Ian, por favor. Déjame ir. Yo sabía que él no
es de las personas que huyen ante los problemas, al contrario, es del tipo que
los enfrenta y concluye siempre que “la vida debe continuar”. Yo también estaba
intentando que la vida continúe. Miré sus ojos y sí, no me había equivocado,
eran los de Ania. Los labios de la niña, en cambio, eran los míos. Y mi nariz.
Y mi forma de quedarme callada cuando las cosas no funcionan. Giulia, en
cambio, era más decidida. Giulia y Ania, mis dos hijas. Ian también se había
quedado callado, me conocía y entendió que no iba a cambiar de opinión. Dijo
que al día siguiente podía pasar a recoger las cámaras. Dijo también que
siempre estaría ahí para cuando lo necesitara. Que él me amaba todavía. Por su
silencio, comprendí que esperaba que le dijese que yo también lo amaba aún. No
pude decírselo.
5
Volví
a mi casa de playa. El jardín seguía bien cortado y pronto florecería. Palpé la
puerta con la yema de los dedos, brillaba como el primer día que la pintamos.
El cuadrito de conchitas me recibió en la entrada, y el barco seguía anclado en
una de las mesas de la sala. Todavía olía a canela y manzana. Entré a mi
cuarto, corrí las cortinas y abrí la ventana, desde mi cama podía ver el mar.
Toqué el edredón celeste y me imaginé que flotaba entre las olas. En la
maletera del auto llevaba, desarmada, una cama y en el asiento de atrás una
pequeña mesa de noche color marfil. También mis dos cámaras fotográficas y una
enciclopedia de nombres donde le dedicaban una página entera al significado de
“Ania”.
Cuando
todo estuvo dentro de la casa me senté en una silla sin hacer nada. Me quedé
ahí una hora, quizá un poco más. Estaba anocheciendo. Cerré los ojos. Tenía que
ocurrir.
Finalmente, escuché pasos en el techo. Y
luego, aquellos mismos pasos bajando por la escalera de caracol.

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