Le
debo a Juan José Millás mi gusto por leer en los cafés. Hace muchos años,
cuando tenía los domingos libres (el pequeño lujo de las mujeres divorciadas), fui
a pasear a Crisol y terminé comprándome la edición de bolsillo de “El desorden de tu nombre”. Entonces, para
cambiar la rutina, decidí experimentar la intimidad de la lectura en un nuevo ambiente
colectivo: un café. Digo nuevo porque
estaba acostumbrada a concentrarme en lugares donde hay movimiento: micros,
taxis, aviones, salas de esperas, bancos y hasta en plena calle, caminando.
Esa
tarde leí más de lo previsto. O me sentía muy cómoda en el café o el libro me
había atrapado. O quizá fue una mezcla de las dos cosas. Para no perder la
costumbre, la semana siguiente repetí la fórmula café-Millás. Y así, cada vez
que iba al café tenía que tener un libro de Millás en la mano (aunque lestuviera
leyendo otro en ese momento); fue un ritual que me auto-impuse, una fórmula
mágica que me aseguraba poder terminar los libros que tenía abandonados en la
mesa de noche.
“No mires debajo de la cama” fue el
siguiente libro suyo que leí en el café. Una historia insólita. Sin duda, la
que más me ha impactado de Millás, a pesar de que solo podía leerla en el café (con
ese libro me convencí de la autenticidad de mi fórmula mágica). ¡Me generaba
tanta ansiedad! La curiosidad por saber qué se proponía el autor con la
historia absurda de unos zapatos con vida propia me mantenía atenta. La novela
comienza con Elena Rincón —personaje de “La
soledad era esto”—, una juez atormentada por la muerte de su padre que, a
raíz de un encuentro fortuito con una mujer en el metro, con la que se siente
sumamente atraída e identificada, decide leer el mismo libro que ella estaba
leyendo. Pero, en el capítulo siguiente, el narrador nos sorprende alejándose
de la realidad de la juez para insertarse en otra dimensión —como si estuviera relatando
la novela dentro de la novela—, la de unos zapatos que devoran medias y cuyo
máximo anhelo es poder independizarse de los pies que los calzan. Así, nos
encontramos con unos mocasines, un par de zapatillas, unos zapatos de tacón y
unas pantuflas disertando en torno a la ansiedad del vacío, producida por la
ausencia de pies. Millás no parece cansarse nunca, continúa página tras página
(62 páginas para ser exactos), un capítulo entero dedicado a las aventuras del
calzado insurrecto. Zapatos que planean expediciones para recuperar la pareja
de un mocasín viudo, cuyo dueño es un hombre que ha perdido una pierna; o unos
que azuzan a un par de pies para que se rebelen y, entre todos, formar
individuos autónomos, en un mundo en donde las extremidades serían los dioses. Recién
en el capítulo tres se presenta al verdadero protagonista, Vicente Holgado —otro
personaje reciclado de un cuento del autor—, dueño de un “taller de pies” y obsesionado
con monstruos que viven debajo de la cama.
Después
leí otras novelas del autor con ese mismo matiz fantástico, como El orden alfabético, en el que los que
se rebelan ahora son los libros y se van volando, haciendo desaparecer las
letras y las palabras, y con ello los objetos, conceptos y afectos. Esa fue
otra historia inquietante, sin duda, pero la de Holgado encontró en mi memoria
una forma de perdurar, anclándose en mis miedos de la infancia (el cuco del
armario, por ejemplo), y la que determinó la imagen mental que me hice del
autor.
Para
mí, Millás era el hombre-pies, amante de las prótesis y los zapatos, un auténtico
ortopedista de las letras. De ahí, el impacto causado cuando al fin me encontré
con él. O quizá con su espectro. En todo caso, con aquello que llamo: el hombre
que podría ser Juan José Millás.
Estaba
en el café, haciendo cola para pagar mi caramel
machiato de siempre, cuando a mi lado descubrí a un señor mayor con un
bastón en la mano. La señorita le preguntó su nombre para escribirlo en el vaso
de cartón y él respondió con inconfundible acento español: Juan José.
Inmediatamente volteé a mirar. Lo observé con detenimiento. Era un tipo serio,
imperturbable. Parecía no darse cuenta de mis ojos inquisidores. Cuando salió
de la cola lo vi caminar con dificultad. ¡Era cojo! Pero concluí que era
demasiado mayor para ser Millás, no podía identificarlo con el escritor que
había visto tantas veces en las fotos de sus libros. Cuando fui a recoger mi
café me volví a topar con el potencial JJM, pero esta vez quien me miró fue él.
Sus ojos parecían decir: Sí, soy yo, mírame.
No
pude dejar de pensar en aquella extraña coincidencia. ¿Sería posible que me
hubiera encontrado con Millás en Lima, justamente en el café donde lo leí por
primera vez y adonde siempre regreso con un libro suyo? ¿Sería posible, además,
que el destino se haya burlando de él convirtiéndolo en un cojo? Era como si su
obra lo hubiera condenado, atrapándolo en su propia invención. La ficción se
había instalado en su vida igual que en sus libros, cuyos personajes siempre están
atormentados por realidades paralelas.
Millás
ha arrastrado el tema de la cojera desde la novela hasta diversos artículos y
cuentos. En “Dispersión corporal” relata
la historia de un cojo cuya pierna es donada a una mujer, con la que años
después tiene un romance. Lo insólito del cuento es que el personaje termina
enredado con su propia pierna, a la que había “acariciado y besado con pasión desde la ingle hasta el tobillo, llegando a conocer un delirio venéreo cuya
intensidad no había experimentado antes con nadie”.
En
“El hábito hace al monje”, Millás
cuenta: “Hay culturas en las que a
los recién nacidos se les ponen nombres tales como Perro Apestoso, Cubo de la
Basura, o Trapo Sucio para alejar a los malos espíritus. Se trata de una
ingenuidad conmovedora, típica del pensamiento mágico, que a veces funciona.” (…) ”Entre nosotros había un conocido autor
teatral que cuando tenía un éxito se hacía el cojo para alejar la envidia, que
es el peor de los malos espíritus”. Del
mismo modo, dice que muchos escritores elegirían la cojera a cambio del éxito.
“El éxito teatral (o de cualquier otro tipo)
es una de las formas en la que se presentan los malos espíritus, pero aún no
nos hemos dado cuenta”. ¿Habría
hecho Millás también un trato mefistofélico, la cojera a cambio del éxito, y
por eso rengueaba por entre las mesas del café?
Por
cierto, en ese mismo texto menciona que si uno finge ser cojo puede terminar
sufriendo una cojera auténtica, de igual manera que si uno se llama Perro
Apestoso, termina comportándose como un perro apestoso. “De hecho, mi tía Angustias estaba todo el día
agobiada, mientras que mi tía Placeres disfrutaba con cualquier cosa. Yo no soy
ni muy feliz ni muy desgraciado porque Juan José es completamente neutro”. Sin embargo, a pesar de esta
teoría, Millás ha confesado en un articuento —género creado por él, que fusiona
el periodismo y la literatura— que cuando tenía conflictos laborales con su
jefe, al que calificaba de “psicosomático”, se hacía el cojo solo para molestarlo
pues sabía que, al final del día, el jefe terminaría regresando a su casa con
la cojera contagiada.
Esa
tarde, después del supuesto encuentro con el hombre que podría ser Millás, no
me pude concentrar en mi libro (que no era, lástima, uno de él). Tomé una
revista para pasar el rato y lo primero que vi fue una noticia acerca del
escritor valenciano. Al parece, estaba en Lima para presentar El Mundo, su última novela, la ganadora
del Planeta. Cuando vi su foto comprobé que se parecía mucho al señor que había
visto hacía un rato. ¡Todo indicaba que aquel hombre verdaderamente era Juan
José Millás! Me levanté de la silla para buscarlo, tal vez estaba en las mesas
de afuera, pero ya no lo encontré. Así que decidí asistir a la presentación de
su libro solo para comprobar si era el mismo hombre del café. No podía quedarme
con la duda. Sin embargo, el día de la presentación me fue imposible asistir (y
eso que pensaba estrenar zapatos) y tuve que investigar por mi cuenta de qué
pie cojeaba el ganador del premio planeta. No fue fácil averiguarlo pero,
gracias a un amigo me enteré de la verdad. Millás no es cojo y toda mi fantasía
en torno a la ficción hecha realidad quedó pisoteada. Literalmente pisoteada,
podría decirse. El hombre tiene los dos pies bien puestos sobre la tierra, pero
una mente bastante acostumbrada a volar. Quizá por eso también hace rituales y
en vez de ir por los cafés con un libro bajo el brazo finge ser cojo para
alejar a los malos espíritus porque, como él mismo dice, “los escritores somos supersticiosos”.
