Saturday, May 25, 2019

LAS DOS ORILLAS

Fotografía: Giselle Klatic























En el año 2008 tuve la suerte de participar en una antología titulada: MATADORAS, nuevas narradoras peruanas, editada por Estruendomudo.
Hoy, después de una lectura, recordé aquel cuento que escribí, sin duda motivada por mi daimon interior, como diría Kipling. Le tengo mucho cariño a este cuento, es muy personal. Aquí se los dejo y espero que les guste:

Diez meses después de la muerte de Giulia abandoné a Ian. Estaba seca. No podía ser una esposa nunca más. Su cuerpo a mi lado avivaba aún más la pérdida. No tenía valor para matarme, pero sí para no hacer nada por mí, abandonarme hasta que mi cuerpo se consumiera. Decidí irme lejos, donde no me reconocieran, donde nadie quisiera ayudarme. Estaba harta de las palabras de consuelo. Nadie sabía nada, nadie entendía nada.
La noche anterior me despedí de Ian sin que él lo supiera. Le hice el amor con tristeza, con una desesperación que me partió en dos. Lo amaba y lo odiaba. Me costó mucho escuchar sus gemidos, recibir su explosión de placer. Cómo podía sentir un orgasmo si su hija estaba muerta. Yo solo era un cuerpo funcionando, él seguía siendo un hombre. Era la primera vez que hacíamos el amor desde lo de Giulia. Pobre Ian, pensó que yo también estaba intentando ser la de antes.


Le dejé una nota diciéndole que necesitaba estar sola, que respetara mi decisión. Inventé un viaje a Arequipa. La tía Carmen estaba en Estados Unidos visitando a sus nietos y había dejado su casa sola. No le dije que, en realidad, había decidido ir a nuestra antigua casa de playa, la que hacía años habíamos abandonado porque estábamos construyendo otra en un mejor balneario. Él decía que esa casa no valía nada y que nos iba a salir carísimo arreglarla, aunque tampoco parecía interesado en venderla aún. Era una casa inhabitable, a él jamás se le hubiera ocurrido buscarme ahí.



1

Julio es el mes más frío en Lima, y yo estaba en la playa. La casa era la última del malecón, frente al mar, al lado de una peña que se oscurecía desapareciendo en la noche. Estaba dividida en dos. Nosotros éramos dueños solo de la primera planta, el segundo piso era totalmente independiente.
Abrí la puerta empujándola con el hombro. El moho se había solidificado formando una pátina pegajosa alrededor del marco. Los muebles estaban cubiertos con plásticos y el piso, carcomido por la humedad. No quise ver más, entré lo más rápido que pude, rogando para que no hubiera nadie en la planta de arriba. Fui directo al dormitorio principal, todavía estaba nuestra cama. La sacudí un poco, la vestí con sábanas y frazadas limpias que traje de Lima y tomé varias pastillas para dormir. Me arropé en posición fetal. Cerré los ojos.

Lo que recuerdo de esa semana es un agujero negro. Inmenso, interminable. Yo caía. Todo el tiempo esperaba el golpe seco, pero sólo sentía el vértigo, la atracción hacia un remolino de sombras. El dolor había asomado definitivamente, puro y total, ya no se ocultaba detrás de la angustia. Ni siquiera dormida dejaba de sufrir. Aún así no me permitía un solo rato de lucidez. Apenas me encontraba con un hilo de conciencia, volvía a tomar las pastillas. Creo recordar algunas incursiones tropezadas en el baño, para luego volver a caer. Cuánto podría resistir mi cuerpo infestado de somníferos y sin alimento. Pero seguía despertando. Por una razón, que no alcanzaba a comprender del todo, no me tomaba el frasco entero de golpe. Y cuando despertaba, sentía la traición de un insospechado instinto de supervivencia. 
Así pasé tres días, cinco, una semana. Ya no podía pararme de la cama. ¿Qué es peor que la muerte? Quedarse vivo para soportarla. Y el cuerpo es tan fuerte, tan terco, que sigue su curso. El corazón no deja de latir. En cambio, la mente es más débil. El límite entre el dolor y la sinrazón es una fina capa que se resquebraja antes de que el cuerpo deje de funcionar. La mente balbucea incoherencias, escucha voces, inventa imágenes de consuelo para luego torturarse con la realidad. Una y otra vez, cuando despertaba, volvía a caer en la cuenta de que nada había sido un sueño. Y prefería volver a cerrar los ojos. Vi mucha gente a mi alrededor y al fin la cara de mi hijita, sonriéndome. Extendió su manito hacia mí y estuve a punto de alcanzarla, pero una fuerza me succionó y me trajo de vuelta. Lucía, Lucía, despierta. Abrí los ojos con dificultad. ¿Era posible que alguien me estuviera llamando? La luz de la ventana solo me permitía ver una silueta al frente de mi cama. Parecía ser una niña. Lucía, ¡despierta! Terminé de abrir los ojos y traté de enfocarla. Tenía el pelo largo, castaño claro, la mirada lánguida. Me alcanzó un poco de agua. Apenas podía sentarme. ¿Quién eres? Ania. ¿Ania? Recordé que siempre le quise poner así a mi hija pero a Ian no le gustaba el nombre. La niña había cogido las pastillas y las observaba con curiosidad. No tuve fuerzas para levantarme y quitárselas. De pronto, las arrojó por la ventana. ¡Qué buena puntería! ¡Cayeron en el mar!dijo. Luego se acercó y me jaló de la mano. Ven, párate. Me levanté haciendo un gran esfuerzo, sentía el cuerpo entumecido, me dolía el cuello, la espalda. ¿Cómo sabes mi nombre? Me miró desconcertada. Me has llamado Lucía, insistí, cómo puedes saber que ese es mi nombre. Porque tú me lo acabas de decir, dijo evasiva y lanzó una mirada alrededor de la habitación como si buscara algo. Preguntó dónde había un espejo. Le señalé mi bolso. Ella buscó ahí, lo encontró y lo puso frente a mi cara. Había envejecido veinte años. La hinchazón de mis párpados mantenía mis ojos a medio abrir. Los pómulos salidos pronunciaban más las hendiduras de mis mejillas y un par de surcos oscuros pintaban mis ojeras. Eso era la muerte. Estar viva es la muerte, me dije. Un mareo me hizo tropezar, tuve que volver a echarme. No sé quién eres, pero ¿puedes quedarte un rato a mi lado? Sin decir palabra, la niña levantó la sábana y se metió en la cama conmigo. Nos quedamos abrazadas.


2

Cuando volví a abrir los ojos, Ania ya no estaba. Pensé que había sido un efecto de los somníferos. Alargué la mano para tomar el frasco de pastillas de la mesa de noche pero no lo encontré. Quizá habían rodado debajo de la cama. Me levanté y un nuevo mareo me nubló la vista. Tuve que sentarme para buscar algo de comer en mi cartera. Había un chocolate que devoré de un bocado. Me di cuenta de que no había comido en mucho tiempo y me sentía tan débil que apenas podía caminar. Pero hice un esfuerzo y salí a dar un paseo por la playa. No pude avanzar mucho, caí rendida en la arena. Una ola reventó contra la peña, la espuma me salpicó en la cara. Me puse de pie y seguí caminando. Cada cierto tiempo me sentaba a descansar. Tenía que encontrar a alguien que me diera un poco de comida. No sé cuánto tiempo me demoré, pero llegué a una bodeguita al frente del malecón, “La Bodega de Víctor”, y estaba abierta. Comí ahí, sentada en la puerta de la tienda, y cuando me sentí más recuperada regresé a la casa. No tenía idea qué es lo que iba a hacer. Entré nuevamente al cuarto, revisé los cajones de la cómoda y me agaché a buscar debajo de la cama. No había nada. Entonces sentí unos pasos en el techo, y luego, los mismos pasos bajando por la escalera de caracol. La niña apareció en el cuarto.

   Así que eras real. ¿Vives arriba? Pensé que no había nadie viviendo ahí.
   ¿Por qué tu casa está tan descuidada?

Miré alrededor.

   No venimos hace años. Pensábamos venderla.
   ¿Y cómo puedes dormir aquí? Huele horrible —dijo, arrugando la nariz.

Salí a dar un vistazo. Ania tenía razón. La madera de la puerta principal estaba podrida y tenía un hueco al lado de la chapa, con razón no recordaba haber usado una llave para entrar. Y el jardín de la entrada era un enredo de matas secas y telas de araña.

   Si quieres puedo bajar todos los días para ayudarte.
   ¿Ayudarme a qué?
   A arreglar la casa. ¿No quieres arreglarla?
   Pero, ¿tus papás te dejarán venir?
   Mis papás no dicen nada. Están separados. Se supone que debía quedarme con mi mamá, pero ella no quiere saber nada de mí.
   ¿Cómo no va a querer saber nada de ti? —me enterneció su mirada y alargué la mano para hacerle una caricia en el pelo.

Pasamos toda la tarde sacando las fundas de plástico de los pocos muebles que habíamos dejado ahí. También baldeamos los pisos. Ania se divertía como loca, me hizo pensar que jamás había hecho algo así. Abrimos las ventanas para que entrara aire. Le pregunté si no estaba cansada, si no quería comer algo, pero me dijo que no. Parece que mi pregunta la incomodó porque de pronto se puso seria y decidió irse a su casa, aunque prometió seguir ayudándome al día siguiente.

— ¿Quieres que te diga un secreto? —dijo mientras se despedía—. Mi mamá no lo sabe, pero una vez estuvo a punto de matarme.

Me quedé asombrada. ¿Qué es lo que me había querido decir? Cómo alguien podía maltratar a una niña tan dulce como ella. Me costaba entenderlo, aunque a veces en las noticias aparecían casos increíbles. Mujeres que toman veneno para ratas y, en su desesperación, envenenan también a sus hijos. Ese tipo de noticias se habían hecho tan comunes. Yo podía entender la desesperación, pero ¿matar a una hija? Era algo inconcebible.
Eché una nueva mirada a la casa. Se veía más limpia, pero aún parecía muerta. Yo había querido morirme junto con ella, abandonarme en su abandono. Ahora algo había cambiado. Por primera vez desde la muerte de Giulia tenía un deseo distinto que no estaba relacionado con ella. La casa agonizaba y me pedía que la rescate, que me rescate a mí misma.
Cogí un lápiz y papel y anoté las cosas que debían mejorarse. Las losetas del piso estaban rotas y tenían las junturas negras, las paredes estaban manchadas y descascaradas. El polvo era una masilla pegajosa que formaba parte de los pocos objetos que había en el lugar. Abrí el grifo de la cocina y una tubería ahogada escupió, ente espasmos, un líquido terroso y maloliente. Entré nuevamente al cuarto y destapé el colchón con horror. Las polillas lo habían convertido en un hábitat para sus larvas. La almohada amarillenta desprendía un olor hediondo que me golpeó la cara. Cuánta razón tenía Ania. Ahora me resultaba inverosímil haber pasado varias noches tendida sobre esa cama. Un aire enmohecido circulaba por todo el lugar y mis fosas nasales terminaron de obstruirse por completo. Una intensa picazón me puso la nariz colorada y mis ojos comenzaron a lagrimear.

Durante la noche, mientras intentaba dormir por primera vez sin pastillas, escuché el sonido de unos pasos en el piso de arriba. Eran pasos firmes, no parecían los de Ania. Eran tan fuertes que incluso se imponían sobre el golpe de las olas. Me quedé escuchando esos pasos hasta que me dormí.

Ania bajó muy temprano al día siguiente y nos fuimos directamente a la tienda de Víctor. Le pregunté si quería algo de comer. Ella solo señalaba con la mano. No podía entender las señas y volvía a preguntarle. ¿Quieres las galletas o los chocolates? ¿El blanco o el dark? Ania insistía en señalar lo que quería sin decir palabra.

—¿Se encuentra bien señora? —dijo al fin Víctor, mientras me entregaba   la bolsa llena de víveres y artículos de limpieza.
   Estoy bien —le mentí—. Cómo podía estar bien, jamás volvería a estarlo.
   Déme esos chocolates, los de la izquierda —le señalé, siguiendo la ruta del dedo de Ania.

Le entregué el dulce y ella lo guardó de inmediato en su bolsillo. No dijo “gracias”. Parecía asustada, así que apuré lo que teníamos que hacer para irnos de una vez.

   ¿Conoce a alguien por acá que quiera ayudarme con algunos arreglos de gasfitería y carpintería?
   Mi hijo Jacinto señora, sólo dígame a dónde tiene que ir.
— A mi casa, es la que queda al final del malecón, al lado de la peña, le dejo la dirección de todas maneras. También necesito una hornilla eléctrica, algunos platos, cubiertos y un cooler para mantener refrigerado los alimentos. ¿Sabe dónde puedo conseguir todo eso?
—No se preocupe que mi hijo es bien servicial señora, ya él ve cómo la ayuda.
—Gracias, lo espero entonces. Yo soy Lucía y ella es Ania —dije, señalando a la niña.

            Esa tarde, Ania y yo continuamos con la limpieza de la casa. Yo me sentía mucho más recuperada físicamente. Barrer, sacudir, trapear, rociar insecticidas, ventilar, lavar las paredes, desinfectar los baños. De pronto, sentía una fuerza nueva que me impedía detenerme. Limpiaba con furia, quería echar fuera de la casa todo aquello que no me había dejado respirar bien durante tanto tiempo. Y mientras iba y venía, de acá para allá, observaba de reojo a la niña. ¿A quién se parecía? ¿Por qué se me hacía tan familiar?
            Llegó el hijo de Víctor. Jacinto resultó ser un multiusos. Efectivamente era muy servicial y sabía hacer de todo, así que nos ayudó arreglando la puerta de la casa, cambiando las tuberías y los pisos. Tuve que ir a una tienda en la Panamericana Sur para comprar todo lo que necesitaba. Le dije a Ania que si quería ir conmigo debía subir a su casa y pedirle permiso a su padre para que me acompañara, pero dijo que tenía algo que hacer y prefería quedarse.
Me costó manejar de regreso a Lima. Sabía que el destino no era mi casa, pero cada kilómetro que me acercaba a ella y a Ian me conectaba nuevamente con la muerte de mi hija. Ahora tenía un nuevo impulso, aunque podía parecer momentáneo y superfluo. Para mí era un motivo poderoso y me entristecía comprobar que mi amor por Ian había quedado relegado. Lo único que quería era dejar esa casa como nueva.



3

Luego de un mes en la playa me había acostumbrado al sonido del mar, a la arena invasiva, al frío que se colaba por las rendijas. El balneario estaba casi desierto. Durante mañanas enteras no escuchaba un solo ruido, ni una conversación. Lo único que siempre oía eran los pasos en el piso de arriba. Todas las noches alguien caminaba de extremo a extremo de la habitación. Me acostumbré a esos pasos y hasta llegué a sentir compasión por aquella persona que no podía conciliar el sueño, probablemente el padre de Ania. Podía sentir cómo paseaba su angustia de un lado a otro. Durante el día, en cambio, los pasos casi no se oían. Muy de vez en cuando, y siempre por breves segundos, sentía como si alguien entrara de prisa, recogiera lo que buscaba, y dejaba el piso de inmediato.

Mientras tanto, durante esas cuatro semanas, Ania y yo habíamos terminado nuestro trabajo. La casa estaba lista y me animé a comprar nuevos muebles. Incluso habíamos sembrado claveles, camelias y fresias en el nuevo jardín de la entrada. Ania y yo nos dedicamos a pintar las paredes y a decorar. Ella eligió el blanco, recalcó que así entraría más luz, pero hizo una excepción con uno de los cuartos. Este tiene que ser rosado, me dijo. Y pude ver en sus ojos un brillo de ilusión. Qué estaría pasando por su mente. La abracé y le dije que sí, que lo pintaríamos de rosado, y que cuando sus padres le dieran permiso podría quedarse a dormir ahí. Ella me devolvió el abrazo pero luego se puso seria, como confundida. Ania era un misterio. Al principio me inquietaba, pero luego terminé por acostumbrarme y respetar sus silencios. Opté por no hacerle preguntas, sabía que en algún momento ella me contaría todo acerca de su familia. Desde que la conocí, ni un solo día dejó de visitarme para hacerme compañía. Además de ocuparnos de la casa, nos la pasábamos horas sentadas frente al mar, haciendo dibujos en la arena mojada, corriendo por la orilla. Me había encariñado con esa niña, estaba tan dentro de mí que el hecho de verla a mi lado era un verdadero milagro.

Lo que más me llamaba la atención, sin embargo, es que nunca podía entrar a su casa. Cada vez que lo intentaba, la puerta estaba cerrada y las cortinas bajas. Tocaba sin recibir respuesta, y a los pocos minutos ya estaba Ania en mi casa. Yo quería que su padre estuviera tranquilo, que supiera con quién estaba su hija, pero eso parecía no importarle. Por su parte, nunca hizo nada por saludarme ni lo veía jamás en la playa. Un día le dije a Ania que su padre debía ser un ser muy especial por haberle puesto un nombre tan maravilloso ¿Tú sabes qué significa mi nombre?, preguntó, y se le iluminó la carita. Más o menos, le dije, pero no me acuerdo mucho. Lo leí en la época que buscaba el nombre para Giulia. ¿Cuando te acuerdes me lo cuentas?, me pidió. Claro, puedo buscarlo más tarde, por Internet. No, todavía no, contestó Ania sin perder la ilusión. Ahora mejor vamos a la playa, otro día me cuentas de mi nombre. Empezamos a caminar hacia la orilla.

—Cuando era chica como tú, mi juego favorito era hacer huecos hondos, muy hondos en la arena, meter mi brazo ahí y sentir lo rico que es la arena fría, y el agua entre mis dedos.¿No te gusta?
— Sí, hacer huecos en la arena está bien, pero ¿sabes cuál es mi juego favorito? Tomar fotos.
— ¡Tomar fotos! ¿En serio? ¿Y tienes aquí una cámara para practicar?
— No, no tengo.
— Pues da la casualidad que yo soy fotógrafa. Tengo varias cámaras en Lima, te puedo regalar una que ya no uso para que hagas tus primeras fotos, ¿qué te parece?
— ¡Lindo! Sería lindo hacer fotos del mar, de la arena, de todo ¿Por qué nunca antes habías venido?
—Porque no sabía lo bonita que era esta playa.
—A mi me encanta, ¡es lo mejor del mundo! Hace un rato me equivoqué. En realidad, mi juego favorito es estar aquí, con mi mami, y mi segundo juego favorito es tomar fotos.
—Pensé que tu mamá estaba en Lima. ¿No vivías solo con tu padre?

            Ania no contestó. Se paró de un salto y salió corriendo con los brazos extendidos, como un pájaro. ¿Nunca has jugado a ser una gaviota?, me gritó sin parar de agitar los brazos.

—¡No! —le respondí haciendo una bocina con las manos alrededor de la boca—. ¡Se me ha ocurrido algo! ¡Acompáñame a comprar los muebles que faltan! ¡Vamos a pedirle permiso a tu papá!

Ania dudó un instante y luego dijo que estaba bien, pero que ella hablaría con su padre. Subió al segundo piso y a los pocos minutos bajó diciendo que no había problema. Le pregunté si su papá no querría conocerme, para que estuviera más tranquilo. Me dijo que le había dicho que no era necesario, que confiaba en ella. Además, estaba muy ocupado. Supuse, o quise suponer, que si todos los días la dejaba estar conmigo en la casa o en la orilla de la playa era porque confiaba en mí. Dudé un momento, pero en realidad me hacía tanta ilusión que fuéramos juntas de compras que la llevé conmigo.
Volví a manejar hacia Lima. Le pedí a Ania que me ayude a elegir los muebles. También opinó acerca de los adornos. Yo compraría este cuadrito de conchitas para la entrada y el barco para decorar la sala, dijo con entusiasmo. Además, escogió un edredón celeste para mi cuarto. Se suponía que así sentiría que estaba durmiendo en el mar. Y un aromatizador de manzana y canela. No podía decirle que no, gracias a ella la casa había revivido y yo también. Y aunque me había gastado buena parte de mis ahorros, sentía que era el dinero mejor invertido de mi vida. Pero faltaba un gasto más. Ahora, hay que comprar una cama y una mesita de noche lindísima para el cuarto rosado, le dije, para que puedas quedarte cuando quieras. Será como tu segunda casa.

— No —respondió con seguridad—, para el cuarto rosado mejor no hay que comprar nada todavía. Todavía no.

Me contuve. No le pregunté por qué no quería decorar el cuarto que, me pareció, ella había escogido como suyo. Su gesto había sido tan decididamente triste que me intimidó. En el camino, Ania estuvo más relajada y volvió a sonreír. Dijo que la casa iba a quedar linda con todo lo que habíamos comprado. Cuando llegamos vi a Jacinto trabajando aún. Le pedí que nos ayude a bajar las cosas. ¿No te parece que la casa tiene otra cara?, le pregunté con buen humor. Sí, señora, y usted también, parece más contenta. Pues estaré mucho más contenta cuando Ania y yo terminemos lo que tenemos que hacer, le contesté. Él quiso decirme algo pero lo interrumpí. ¿No tenías que ir a traerme una bomba nueva para el baño? Sí señora, la tengo en mi casa, puedo ir por ella ahorita. Pues anda a traerla ya mismo y déjanos hacer la decoración a las chicas, le dije. Cuando regreses no vas a reconocer esta casa, ¿verdad, Ania?

Cuando terminamos de colocar el último adorno, tomamos distancia para ver nuestra obra de lejos y salimos de la casa. Me provocó tener una cámara, quería volver a tomar fotos. Hice un ademán con las manos, encuadré la casa entre mis dedos.

—A mí, a mí, tómame una foto a mí —Ania saltó a mi alrededor con una súbita felicidad.

Comenzó a posar y yo enfocaba con un lente imaginario, hacía zooms, disparaba en mi mente. No dejaba de admirarme su rostro. Seguía pareciéndome familiar pero no lograba saber en dónde la había visto antes, hasta que me acerqué mucho a ella con las manos alrededor de mis ojos, y lo vi. Vi a Ian. La misma mirada lánguida, el mismo color de ojos, el exótico arco de sus párpados —que a él le gustaba decir que era egipcio— descendiendo hacia su nariz. Espera, le dije, y la tomé por los hombros. ¿Quién eres? ¿Dime quién eres? Ella me miró y dejó de sonreír. Todavía no es hora de que lo sepas, me dijo con una voz inusitadamente adulta. Ya me cansé de los “todavía”, Ania, ahora mismo es el momento. Dímelo. ¿Acaso eres su hija? ¿Es eso? ¿Eres hija de Ian? Ella se quedó callada y dibujó una sonrisa en su rostro. No pude más que salir corriendo. Corrí hasta llegar a la peña. No sé por qué escalé hasta ahí, no sé qué pretendía —la marea había subido y el mar llegaba con furia—, pero en vez de estar confundida, me sentía más lúcida que nunca. Al fin todo encajaba. Ania era unos tres años mayor que Giulia, quizá cuatro. Eso quería decir que Ian me había engañado, había tenido una hija cuando recién nos casamos, o antes, y nunca me lo dijo. Y seguro le había dejado, a ella y a su madre, la segunda planta de la casa porque sabía que nosotros nunca volveríamos. Con razón insistió tanto en construir otra casa y que nos olvidáramos de esta. De pronto, llegó una ola y reventó tan fuerte sobre la peña que me hizo resbalar. Caí sentada. Me doblé en dos y comencé a llorar de dolor, de miedo. Creí que me había cortado las piernas porque corría un hilo de sangre por mis tobillos. Cuando volteé para pedirle ayuda a Ania, vi que me miraba desde la orilla, luego desapareció.



4

Desde hacía varios minutos había salido del estado de inconsciencia, pero no abría los ojos. Sabía que Ian estaba ahí, sentía su respiración, y no quería enfrentarlo. Aún no. De pronto, sentí que la puerta se abrió. Alguien le dijo a Ian que tenía que hablar con él, probablemente el doctor, pude percibir un tono autoritario en su voz. Salieron del cuarto pero no cerraron la puerta. Esto fue lo que el doctor le dijo a Ian:

   Ella se pondrá bien, pero lamentablemente no pudimos hacer nada por el bebé.
   ¿El bebé? ¿Qué bebé?
   Supuse que no lo sabía. Me apena decirle que su esposa estaba embarazada señor. Quizá ni ella misma lo sabía. Recién tenía cuatro semanas, a esas alturas casi no se tienen síntomas. Sería mejor que no le diga que estaba esperando. Lo que necesitamos ahora es que repose y esté tranquila, sobre todo eso, tranquila. Su esposa no está muy bien emocionalmente. Las personas que la trajeron nos contaron que todo el tiempo hablaba sola y creía estar con una niña, Ania, parece que ese era el nombre, pero nadie ha visto en la playa a ninguna niña con las características que ella describe.
   No sé de qué me está hablando doctor. Esto no puede ser. ¿Cómo es que estaba embarazada? ¿Y qué es eso de una niña que no existe? Hace poco perdimos a una hija, Giulia, quizá se refería a ella.
   ¿Murió una hija suya? Cuánto lo siento, señor. Pero ahora entiendo mejor lo que pasa con su esposa, eso explica todo. Es obvio que ella no se ha recuperado. El muchacho que la trajo me contó que Lucía estaba convencida de que en la planta de arriba de su casa vivía la niña, pero él me jura y perjura que el segundo piso está clausurado.
   La casa de playa —recordó Ian—. No sé por qué Lucía se fue a meter ahí. Estaba cerrada desde hace años, ya no la usábamos. Y que yo sepa, nadie vivió arriba nunca.
   Entre, hable con ella, y trate de ser lo más amoroso posible.

Cuando Ian entró al cuarto fingí que recién despertaba. Lo miré a los ojos y comprendí que él había estado sufriendo tanto o más que yo. Por primera vez lo vi derrumbado. Aunque el médico le pidió estar tranquilo, no pudo soportarlo. Se arrodilló gimiendo como un niño, con un llanto ahogado, y puso su cabeza sobre mi regazo. Me conmoví por él. Yo había amado a ese hombre, amaba la familia que formábamos Giulia, él y yo. Ahora no podía seguir con él.

— Ian, quiero que me comprendas. Voy a volver a la casa de playa. No tengo nada que hacer aquí.

El intentó protestar, convencerme de que era una locura. Pero no se lo permití. Estaba absolutamente decidida. Le rocé el cabello, jugué con él por unos minutos, y luego lo cogí del brazo con fuerza.

— ¿Me podrías hacer un último favor? Deja mis cámaras de fotos, la nueva y la antigua, encima de la mesa de la sala. Voy a recogerlas cuando no estés. Es mejor así.

Me miró con tristeza. Lucía, no estás bien, no puedo dejar que te vayas, dijo. Iba  a seguir pero lo detuve con la mano y lo miré fijamente. Déjame ir, Ian, por favor. Déjame ir. Yo sabía que él no es de las personas que huyen ante los problemas, al contrario, es del tipo que los enfrenta y concluye siempre que “la vida debe continuar”. Yo también estaba intentando que la vida continúe. Miré sus ojos y sí, no me había equivocado, eran los de Ania. Los labios de la niña, en cambio, eran los míos. Y mi nariz. Y mi forma de quedarme callada cuando las cosas no funcionan. Giulia, en cambio, era más decidida. Giulia y Ania, mis dos hijas. Ian también se había quedado callado, me conocía y entendió que no iba a cambiar de opinión. Dijo que al día siguiente podía pasar a recoger las cámaras. Dijo también que siempre estaría ahí para cuando lo necesitara. Que él me amaba todavía. Por su silencio, comprendí que esperaba que le dijese que yo también lo amaba aún. No pude decírselo.




5


Volví a mi casa de playa. El jardín seguía bien cortado y pronto florecería. Palpé la puerta con la yema de los dedos, brillaba como el primer día que la pintamos. El cuadrito de conchitas me recibió en la entrada, y el barco seguía anclado en una de las mesas de la sala. Todavía olía a canela y manzana. Entré a mi cuarto, corrí las cortinas y abrí la ventana, desde mi cama podía ver el mar. Toqué el edredón celeste y me imaginé que flotaba entre las olas. En la maletera del auto llevaba, desarmada, una cama y en el asiento de atrás una pequeña mesa de noche color marfil. También mis dos cámaras fotográficas y una enciclopedia de nombres donde le dedicaban una página entera al significado de “Ania”.
Cuando todo estuvo dentro de la casa me senté en una silla sin hacer nada. Me quedé ahí una hora, quizá un poco más. Estaba anocheciendo. Cerré los ojos. Tenía que ocurrir.

  Finalmente, escuché pasos en el techo. Y luego, aquellos mismos pasos bajando por la escalera de caracol.





Saturday, February 9, 2019

MAMA MÍA!



Después de los 40 es inevitable el incómodo pase por el mamógrafo. El examen de mamas que permite detectar tumores cancerígenos a tiempo, para controlar mejor la enfermedad. Se trata de un procedimiento preventivo importante y debe hacerse una vez al año.

Pues bien, si alguna vez te dio miedo que un amante estrujara tus senos con fuerza, en un arranque de delirio y pasión, este examen te curará del susto. Primero, la técnica encargada te jala y te acomoda los senos como si fueran dos pedazos de carne Angus Prime. Sí, con mucho cuidado y veneración, pero como si no pertenecieran a tu cuerpo. Ojo, si ya pasaste por el embarazo y la lactancia, ya sabes lo que significa ceder parte de tu cuerpo en favor de otro. En este caso, es en favor de ti misma, así que pa lante, hay que aguantar nomás y dejar que manipulen tus tesoros.
La técnica toma tu seno con las dos manos, lo coloca en una bandeja y gira las perillas de la aplanadora, una plancha que presiona tu mama hasta lograr el efecto coyote: dícese del aplanamiento de un cuerpo hasta su mínima expresión, similar al ocasionado por las caídas de la caricatura en mención, tantas veces aplastada a causa del correcaminos. Y mientras tanto, tú estás abrazada a una máquina, con el cachete estrellado en una caja fría de rayos X, esperando que liberen tu teta asustada. Felizmente, cada radiografía es rápida, toma más tiempo toda la parafernalia de acomodar tu cuerpo, sintiendo en carne propia la teoría de Elon Musk de hacerte uno con la máquina.

Estoy impresionada con la gran resistencia de las mamas, una palabra curiosa, casi homógrafa de “mamás” y con el mismo significado de fortaleza. Nunca imaginaste que tus tejidos podrían tomar esa forma plana, menos aún con implantes. Si tienes prótesis, cuando llega el momento de la aplanadora, lo único que piensas es que explotarán. Pero calma, los expertos saben lo que hacen.
Un examen normal de mamografía requiere dos tomas de imágenes por seno, uno de frente y uno de costado. Cuando eres una paciente que ha pasado por una mamoplastía, te tienen que sacar dos tomas más por mama. El objetivo de estas tomas adicionales es lograr una buena radiografía del seno sin implante. ¿Y cómo rayos ocurre eso? Pues aquí es importantísimo el expertise de la tecnóloga, una verdadera maestra en el arte de manipular tus tetas. Las toma de las puntas y las jala de tal forma que el implante queda atrás y tus verdaderas tetas adelante. Nunca te sentiste tan poco sexy. Así, con sus dedos haciendo pinza en tus senos, los coloca nuevamente en la bandeja, y deben quedar estirados como aquella imagen que está circulando últimamente en redes, la de Barbie con las tetas derretidas por el calor.

Después de este procedimiento le pregunté a la amable señorita qué era mejor, tener el implante adelante o detrás del músculo. Me dijo que definitivamente detrás.  Cuando el implante está por delante, el músuclo hace resistencia y es muy difícil empujar la prótesis, por lo que en muchos casos el doctor tiene que mandar a la paciente a hacerse una resonancia magnética. Claro, si existen sospechas de cáncer.

En conclusión, mis tesoros divinos pasaron por la aplanadora ocho veces, más una adicional de magnificación, porque mi caso así lo requería. Ahora ya puedo hacer un check en esta tarea que tenía pendiente y, si bien no te asegura la vida, al menos es un issue menos en qué pensar y preocuparse. Next step, el pase a la siguiente especialidad, ya que he definido que éste será un año dedicado a la salud del cuerpo, aquel que tiene que resistir un entrenamiento de alto impacto diseñado por cuatro hijos y un marido, exigencias laborales, viajes, cansancio acumulado en quince años y asuntos no electivos como la genética. Aquel cuerpo que no solo resiste el esfuerzo físico sino también tiene que soportar una mente inquieta, que no se detiene. Al menos, esta mamá ya tiene sus mamas a salvo por un año más.

Imagen: Nude on a blue cushion, Amadeo Modigliani

LAS DOS ORILLAS

Fotografía: Giselle Klatic En el año 2008 tuve la suerte de participar en una antología titulada: MATADORAS, nue...